Tintorerías y peluquerías caninas

Todos tenemos manías, vicios, costumbres y principios que mantenemos o aumentamos a lo largo de la vida. Yo sigo con los mismos que cuando iba al instituto e incluso que cuando tenía 3 años… Y la verdad que es algo de lo que me siento orgullosa, sí, hasta lo negativo me enorgullece. Porque creo que lo que pensamos en esa época es cómo somos realmente. Luego estas actitudes se van modificando por la comodidad, por la experiencia también, por la cobardía a veces o por lo que es peor, por el olvido. Por eso para mí, mantener actitudes que tenía hace años me encanta. De hecho cuando he modificado algo de eso, no me ha ido bien, con lo que seguiré con mis principios de adolescente por muchos años…
Entre esas bases de la personalidad está la lucha que tengo con los Tetabriks, ¡no me gusta nada abrirlos! y cambiar el papel del wáter. Son dos asuntos que me exasperan. Tanto es así que intento beber leche después de que alguien de casa haya puesto el brik en la nevera. Y si no es así, un zumito es la otra opción.
Pero si hay algún principio básico en mi vida son los trabajos claros que sé que no haría por nada del mundo (todo es relativo, ya sabeis). No trabajaría ni en una tintorería ni en una peluquería canina.
En las tintorerías siempre hace tanto calor… Y está todo tan desastrado. Creo que ellos intentan ordenarlo pero siempre tienen en la entrada edredones amontonados. Arriba trajes de fallera, de comunión, de novia con un toque de pasado y un halo de naftalina que puede que nunca lleguen a recogerlos. Una vez fuí a una tintorería que tenía ruedas de recambio al lado de los nórdicos, os lo prometo.
Y aunque a mí me gustan las tiendas de barrio y los perros, siempre he pensado que la gente que trabaja en las peluquerías caninas se van a casa llenas de pelo… Y que por mucho que se duchen y se duchen tosen y les sale pelo.
Y a vosotros ¿os gustan estos trabajos? Yo continuo confiando en mis principios de adolescente.