Por el ansia de aspirar

Estoy acostumbrada a pasar mi aspiradora Rowenta gris oscuro todos los días en mi casa. Eso de tener un perro y en estas épocas de cambio de pelo, es lo que tiene. Así que cuando me fui a casa de mi amiga el otro día, no me costó nada levantarme, y al ver el suelo, coger su aspiradora y empezar a limpiar. Mi amiga parece que no notó gran cambio pero no me importó. Sólo llevaba un día y no había mucha porquería. Estos días siempre me he estado acostando antes que ella. A ella le gusta quedarse hasta tarde haciendo cosas. Con lo que cuando yo me levantaba veía los restos de la noche: un tazón de leche, dvd’s apilados, la manta en el sofá…y el suelo de nuevo, sucio. Otra pasada de aspirador.
«Este perro parece que no tira pelo pero tiene caspa o algo así», pensaba yo. Fui a casa de mi amiga para ayudarla a cocinar cosas ricas. Desde hace tiempo está perdiendo peso y queríamos frenar ese descenso. Necesitaba compañía y allí estaba, de asistencia técnica. Llevaba ya tres días, yo no veía al perro por ningún lado pero sí que me tocaba limpiar sus huellas, igual que no disfrutaba los cereales de ella pero los aspiraba.
Levantarme, aspirar, desayunar, vaciar el depósito. Esa ha sido mi rutina durante una semana. Mi amiga no recuperaba peso, el perro cada vez era más tímido y yo no paraba de vaciar el cacharrito del aspirador. Era una de mis obsesiones, para que no se acumulara la porquería y aspirara con mayor potencia. Si lo hubiera sabido…
Un día antes de venirme le pregunté por el perro: «¿Qué perro? Yo no tego perro», me dijo justo antes de desvanecerse.
Mi amiga se estaba deshaciendo. No recuperó peso, todo lo contrario. Lo perdía a cada paso como cambian de piel las serpientes. ¡Y yo la había aspirado!
Nota a la familia: todo lo del cacharrito está en una bolsa en la habitación del fondo… Por si queréis lanzarlo al mar.