He podido observar en estos viajes la complejidad de la mente humana.
Tú vas cargada con el bolso y una maleta de mano al límite de su peso. Ya has dejado la otra con la etiqueta «very heavy» colgando para facturar. Has llegado en taxi después de pasearte con las dos maletas y el billete entre los dientes cual machete de Rambo por la ciudad hasta encontrar algún vehículo decente. En algunos casos, creo que ha sido el mío, los brazos se alargan de tanto estirar las maletas. La demostración que te hacen los dependientes en la tienda con la maleta vacía dándole vueltas y vueltas no tiene nada que ver con la realidad, os aviso.
Y cuando después de esta dura ruta llegas a la terminal, agotada, te diriges a comprarte una botellita de agua y algo para comer y así poder leer la revista de turno tranquila mientras tus brazos vuelven a la normalidad: «Uf qué bien». Pero llega el momento de tirar a la papelera los restos del banquete. Y te encuentras con una papelera dividida en tres colores con sus dibujitos. Parece fácil pero la cabeza ya no da, no da. Y tiras con cara de saber lo que haces pero «que caiga donde sea». Y así fuímos haciendo una larga cola de gente en la que yo me iba fijando. Ni uno acertaba. La ruleta de la papelera es la nueva atracción de los aeropuertos. Sólo espero que la revisen, porque si no estamos rompiendo la cadena recicleril y el mundo puede irse al «garete». Y no me quiero sentir culpable…
