Si los médicos se miden por sus diagnósticos, el ambulatorio de al lado de mi casa está lleno de pitufos con bata blanca.
La semana pasada tuve que ir, no sin resistencia, a que me miraran la boca. Lo de Carmen de Mairena a mi lado era una tonteria. La fiebre se expresaba por sí misma. Tenía voz propia. De hecho me senté en la consulta y se escuchó: «Vámonos de aquí. No quiero desaparecer que te estoy cogiendo cariño». «¿Perdón?», se extrañó el doctor. «No, tranquilo, es la fiebre que se está despidiendo». Claro, como el diagnóstico no fue lo que se dice acertado, la fiebre me acompañó una semana más. Ayer se marchó con gran pena por parte de las dos. Estaba ya tan mona… Y como nos apreciábamos tanto, en lugar de irse, decidió hacer un intercambio. Ahora me acompaña la faringitis. Todavía no le tengo el mismo cariño, pero me temo que es cuestión de tiempo.
Ante este cuadro clínico, la doctora de hoy ha hecho el siguiente diagnóstico: «Tienes la garganta rojita. Hipobrufeno». Increíble…
Aunque no me sorprende ya que la semana pasada ante mis morros guindilleros y mi preocupación: «¿Por qué me pasa esto, doctor?», el médico dictamina: «Puede pasar por cualquier cosa. Es que las mujeres sois muy raras». ¿Perdonaaaaa? Pues mira, con este diagnóstico, asómate a la sala de espera y te quitas de un plumazo al setenta por ciento de los pacientes…
Y con esas nos tuvimos que ir a casa mi fiebre y yo. Lo que yo digo, diagnóstico asesinato.
