Lo de menos era el médico

Normalmente la gente odia esperar. Todo el mundo va con prisas a todos los lados, anda rápido y no se para a mirar ni un escaparate ni la gente sentada en las terrazas de los bares. Cuántas veces yendo por la calle nos han llamado y hemos tenido que decir: «Ah! perdón, ¡qué no te había visto!». A mí también me pasa. Voy de un sitio a otro como si de una carrera se tratara, eso explica mis múltiples esguinces teniendo en cuenta que suelo ir con tacones y por el casco antiguo de la ciudad: un grand prix en toda regla.
Sin con este acelere de pronto entramos en una tienda o en un banco y vemos que la cola no avanza, enseguida resoplamos y nos vamos con el gesto agrio de «yo no tengo tiempo». Sin saber que la que sales perdiendo eres tú pero nos hemos ido con la dignidad bien alta (y sin el asunto resuelto…).
Cuando con todos estos «estresses» llegamos a la consulta del médico, mejor dicho, a la sala de espera, la gente se suele transformar en magistrales mimos que con cabecitas y piececitos hacen notar a la sala entera que no les va bien esperar tanto. Menos yo. Voy corriendo a todos los lados menos aquí. Desde que salgo por la mañana voy ya pensando en qué voy a hacer en ese tiempo que el médico nos regala amablemente. Sí, de verdad.
Desde bien pequeña he ido a los médicos con mi madre y los ratos en estas salas eran una risa total. Que conste que mi madre está sana como una manzana. Más bien ella me acompañaba a mis médicos lógicos de revisiones y tal y a los chorros de rayos x que han hecho que crezca y crezca más que el Cola-Cao.
En cada sala de espera mi madre sacaba su libretita y dos lápices: «Venga, vamos a jugar a alto el fuego». Si conocéis este juego sabréis que te pone de un nervioso… Lo que producía que montáramos algún escándalo que otro. Normalmente eran otros juegos más calmados o de pensar un poco, con lo que yo pensaba y pensaba y mi madre los resolvía uno detrás de otro como si tal cosa.
Del block de notas evolucionamos a las Game Boys interconectadas que ya fue lo más. Éramos la sensación de estas salas en las que recibíamos miradas de envidia mientras los demás ojeaban un Hola! de tres años atrás o tomaban nota de la decoración pasadísima de Casas y Jardín del otoño de hace cinco años. Sólo nos salvaba la voz de la enfermera llamándonos que, normalmente, nos partía el plan porque estábamos la mar de entretenidas. Lo de menos era el médico.