No hay nada más personal que las percepciones. Ni tan cercano. Todos nos hemos sorprendido al ver lo pequeño que es algún juguete con el que jugábamos de pequeños y considerábamos gigante. O patios en los que corríamos por un lado, teníamos la tienda en otro y los padres estaban tan lejos que ni veían lo que hacíamos. Ahora visitas esos sitios y no cabes ni tumbada… El otro día me comentaba un amigo la desilusión al volver a ver las típicas huchas del Domun. De pequeño le pesaban muchísimo de lo grande que eran y ahora se pueden apoyar en la palma de su mano. Las percepciones forman parte de uno mismo. Es algo muy íntimo y personal. Un estudioso del asunto me puso un ejemplo escatológico, pero ejemplo al fin y al cabo: «Perdone que se lo explique así pero es la mejor forma que he encontrado para clarificar mis experimentos. Cuando un individuo va al baño y hace fuerza y acaba, cree que su excremento va a ser tremendo, enorme, cual tronco de Navidad. Se levanta y observa decepcionado que apenas alcanza cinco centímetros. Eso es la percepción.»
Y al hilo viene la experiencia de otro amigo que con una oreja en la mano, que recuperó después de que un perro se la arrancara de cuajo, escuchó entre la ensoñación de la anestesia: «Tranquilo, le va a operar el Dr. Cagadas». «¿Qué? Qué me va a hacer una operación tan delicada alquien al que las enfermeras le apodan El cagadas????» Como suele ser, las percepciones nos confunden. Al despertar, la oreja estaba en su sitio perfectamente cosida por el Doctor Cavadas.
