Un rayo por la ventana

Las historias pasan de hijos a nietos generalmente. Pero en este caso, el de una familia numerosa, sólo nos acordamos de esta historia dos personas con el consiguiente cachondeo de los demás que no es que no la recuerden, si no que consideran que es una invención nuestra. Y de eso nada porque dos ya se considera grupo y si un grupo de personas estamos convencidas, no hay más que hablar.
Desde bien pequeña he conocido esta historia que mi abuelo nos contaba. Un amigo suyo estaba en el cuarto de baño, sentado en el váter tranquilamente. Lo que aquí llamaríamos «a la feina», o a la faena. Fuera se desataba una tormenta que no preocupaba lo más mínimo a este señor cobijado en su hogar. Pero no contaba con una ventana que tenía arriba a la izquierda y que daba al jardín. La ventana estaba abierta como siempre ya que entraba una brisa muy agradable que aireaba la estancia de manera eficaz. Ensimismado en su labor, el señor tenía planeado una jornada de lo más tranquila. Ya había ido a por el pan, había limpiado su Mercedes, le había puesto gasolina en la gasolinera autorizada, claro, había regado y había pegado un par de pellizcos a algunos de sus nietos que estaban jugando por la terraza.
Cuando saliera del baño tenía que ir a la carnicería a comprar «cansalà magreta» o tocino para hacer a la barbacoa junto a unas alcachofitas para cenar. La comida ya estaba resuelta por su mujer, siempre tan resuelta como ella misma. El melón de postre también lo tenía que comprar, no se le podía olvidar. Y después una buena siesta en silencio absoluto. Para que él durmiera placidamente, el resto de la casa tenía que estar en plena paz. Lo que obligaba a jugar al Rummy con una toalla para que las fichas no tocaran ni la mesa, o a nadar como los indios en la piscina o tomar el sol sin que crepitasen los poros de la piel. Y por supuesto ¡ni un sólo tirar de la cadena! Eso de ir una detrás de otra para que sólo se oyese una cisterna unía mucho. Todo tenía que estar medido y el más mínimo ruído avanzaba la tragedia y la risa generalizada. Porque tanto contener, no es bueno.
Pensando en su día estaba cuando de pronto un rayo entró por la ventana del cuarto de baño sorprendiéndole y obligándole a dar un salto hacía la pared. Tal como el rayo entró se fue. Desapareció. Y estubo sin ir al baño meses del susto que se le quedó en el cuerpo. Esto era lo gracioso de la historia y porqué mi abuelo nos la repetía tantas veces. Le hacía gracia.
Ese rayo se fue y poco a poco, sin ellos saberlo, fulminó a toda la familia. Pero un día la tormenta pasó y el rayo ya no quemaba, iluminaba.